Sentada junto a un grupo de extranjeros escuchaba con atención a Jo, la guía que en su mejor inglés nos explicaba detalles de la ciudad, la población y algunas de sus tradiciones. Detrás de los vidrios del auto, los incontables rascacielos me impedían ver más allá de Shanghai. Estaría hecho sólo de cemento y luces el gran país de Confucio? Dónde se escondería entonces la sabiduría del I Ching o la mística de la ceremonia del té? Atascados en el odioso tráfico la respuesta parecía ser que al menos esta ciudad era un infierno. Inmensa, caótica, desordenada, polvorienta y terriblemente gris. Y arriba un cielo aún mas deprimente. .
Al lado del camino, jóvenes y viejos andando en motos y bicicletas tenían algo en común: muchos llevaban unas pequeñas máscaras blancas. La polución en algunas ciudades de China es un tema altamente alarmante. Y mientras tanto las malas noticias llegaban desde Lima. Rudy. 39. Poeta. Confidente. Gran amigo. Y desde hacian algunos años profe de literatura acaba de partir para siempre. Al enterarme me atasqué de chocolates en el hotel. No tenía el valor ni las ganas de salir al infierno de una ciudad demente e hiperkinética con el dolor que su pérdida me causaba. Mientras tanto, mi amado Michael iba y venía de la oficina, sin ningún tiempo para abrazarme y decirme que todo estaría bien.
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Por las noches un par de cenas espectaculares. Tampoco faltaron los platillos que invitan a no probar bocado en semanas. Ancas de sapo empanizadas. Malagua en salsa de champiñones. Y como postre huevos de rana. “Son excelentes para el cutis” indicaba la señora Ming, temiendo seguramente una reacción inoportuna de mi parte. Y yo asentía, conteniendo mis ganas de salir despavorida hacia los servicios.
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Pronto la estancia en China se hizo mas llevadera. No podía pasarme el tiempo llorando por Rudy. El sabía cuanto me había chocado que se fuera con un cáncer tan agresivo que ni siquiera nos permitió hablar antes de su repentino internamiento. Y tendría que saberlo porque lloré como una niña el día que los chocolates no hicieron mayor efecto. El día que me enteré que Shanghai tiene dos caras. La cara moderna, iluminada, colorida, lujosísima y definitivamente alucinante. Y la cara humilde, sudorosa, paupérrima y tan humana de los pobres de las metrópolis del mundo. Y yo que no puedo con mi genio y que soy una esponja de lo que veo me aturdí y recordé la dedicatoria de Le Petit Prince. Esa que leí en casa de Rudy luego de algun recital de poesía. Esa que habla de los amigos que lo han perdido todo y que ahora duermen en alguna banca en la ciudad. Esa que el par de tontos sentimentales tomamos como credo para abrazar a quienes menos tienen y entregarles sin pausa lo poco o mucho que llevásemos encima.
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Y a partir de ese flashback que derivó en desfogar mi dolor recordando la grandeza de corazón de mi entrañable amigo, decidí salir y mostrar un mejor semblante. Y sonreí ante tantas amabilidades. Los chinos pueden ser muy atentos con los extranjeros. Algunos son bastante extrovertidos y andan muy curiosos de saber de donde venimos. Y están en todas partes. No por nada son mas de 16 millones (solamente en Shanghai).
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Los primeros días pasaron y finalmente el primer sábado nos escapamos rumbo a Hang Zhou. A partir de ahí China se llenó de flores de colores, de aire fresco, de lagos, y de imágenes de ensueño. Luego vendrían Beijing y sus maravillas.
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P.D. Nunca pude abrir un blog pero utilizé google-reader para leerlos. En un país comunista el sólo hecho de entrar a mi g-reader y leer sus historias por las mañanas ya era un suspiro de alivio. Eran horas en que necesitaba comunicarme con el mundo que había dejado atrás: uno que por sobre todas las cosas me hable en mi mismo idioma.
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Foto: Barco de jade blanco, Palacio de Verano (Beijing 21-03-08)