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Thursday, November 15
posted by Yani at 9:29 PM

Ayer he hablado con mi madre que esta en Lima y no ha podido evitar mencionar los últimos escándalos de corrupción del gobierno de turno. Del otro lado de la línea, escucho como cambia el tono dulce de su voz. Mamá tiene casi 70 annos.
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Como muchos Peruanos honestos, ella se define ‘harta’ de los políticos, pero al mismo tiempo no puede evitar hablar del asunto. Por mi parte me siento perdida entre dos mundos: el cotidiano y casi tangible en el que me muevo día a día, y aquel que deje atrás pero que aun siento mío. Sin pausa, ella repasa las noticias y menciona los estallidos de violencia en el interior, el jucio al ex-presidente Fujimori y las (nuevas) andanzas de una cúpula de gobierno que repite los niveles de corrupción e impopularidad de un primer y desastrozo periodo.
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Antes de despedirnos caemos en cuenta en la apatía de los ciudadanos: "hay algo que los resiste a la 'incomodidad' de salir a las calles unidos, de juntar sus voces y gritar a todo pulmón un buen basta ya!", concluímos. La población en Lima supera los 9 millones. “Somos tantos” pienso en silencio. Luego de enviar un par de saludos me despido y cuelgo. Por la tarde recuerdo esta conversación y busco refugio -y alguna explicación- en un texto de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (CVR).
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En el contexto de la violencia que vivió mi país por casi dos décadas (1980-2000), la Comisión de la Verdad definió asi la palabra reconciliación: "La CVR entiende por “reconciliación” la puesta en marcha de un proceso de restablecimiento y refundación de los vínculos fundamentales entre los peruanos, vínculos voluntariamente destruidos o deteriorados por el estallido de un conflicto violento iniciado por el PCP Sendero Luminoso en las últimas décadas, y en el que la sociedad entera se vio involucrada. El proceso de la reconciliación es hecho posible, y es hecho necesario, por el descubrimiento de la verdad de lo ocurrido en aquellos años −tanto en lo que respecta al registro de los hechos violentos como a la explicación de las causas que los produjeron−, así como por la acción reparadora y sancionadora de la justicia. La toma de conciencia de la magnitud del daño causado a nuestra sociedad debe llevarnos a todos a asumir parte de la responsabilidad, aun cuando ésta pueda y deba diferenciarse según grados. No sólo la acción directa de los protagonistas, sino también la complicidad silenciosa o la desidia de muchos han contribuido a su manera a promover la destrucción de nuestra convivencia social. Debemos reconocer, pues, la naturaleza ética del compromiso por la reconciliación, es decir, debemos admitir que las cosas pudieron ocurrir de otra manera y que muchos no hicimos lo suficiente para que así fuese.

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Mi vida continúa pero esas lineas no se olvidan. Me pregunto si yo que decidí partir -en principio a crecer estudiando fuera-, soy la persona adecuada para pensar en la apatía de los ciudadanos. Me confunde pensar si estamos haciendo lo suficiente, o si queremos hacer lo suficiente. Desde mis lentes bifocales de migrante y residente extranjera, percibo que algo anda muy mal del otro lado del Atlántico. De que tengo "un pie allá y otro aquí" no me queda duda el día de hoy, y eso me reconforta (aunque implique que de vez en cuando mi respiración se ahoge en un suspiro de nostalgia e impotencia).

Leo un par de blogs, viajo en el tren, veo el noticiero de la tele Española. Todo lo que se ofrece hoy ante mis ojos parece demostrarme que conocer la frívola diferencia entre unas gafas "Prada" y otras "Dolce Gabanna", es más importante que entender que la democracia de un pueblo se encuentra en bancarrota; y que levantarnos en un par de años para protestar y hacer uso de ella, quizás sea demasiado tarde. Mientras tanto el lema de la CVR rebota en mi memoria: "Un país que olvida su historia esta condenado a repetirla".

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Foto: Comisión de la Verdad